El regalo de papá

El regalo de papá.
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Qué tendrán los padres en su cabeza cuando compran un bonito y retoño cachorro para deleite de sus hijos el día de Reyes. No sé si los compran envueltos o los entregan en una caja, presagio del triste final  que les espera a muchos de ellos.
 
Al principio son una bolita  de pelo, una pequeña y adorable criatura con caquitas y pipís del señor.
– Qué lindo es mamá, se ha hecho pipí de la emoción.
Al principio van con ellos a todas partes. 
– Se acostumbran, cariño, como un Furbi al amor y la compañía, le dice la madre a la niña.
Duermen a los pies de sus camas y les dan calor en la siesta pegaitos al sofá. Advierten de la siniestra amenaza de un ruido y juegan a mordisquear un pequeño hueso de goma
 
Luego crecen, y con ellos sus caquitas y dejan de ser un juguete para convertirse en lo que siempre fueron: un ser vivo, que en muchos casos acaba tirado en una carretera, esperando a que su dueño, su amigo, su padre, vuelva a recogerlos. Hundido, sin saber qué ha hecho mal para que lo abandonen para que ya no lo quieran y dispuesto a ser el más fiel compañero de la primera persona que lo mire con cariño, eso, si no acaba antes desparramado en la carretera, tiñiendo así, de rojo, el final de su existencia por culpa de un cerdo, porque hay que ser lo peor para quitarle el chip a un perro con un cuchillo y abrirle la puerta de un coche, así, como los nazis, los padres ejemplares que no quieren más caquita en el hogar ni más pelos en el sofá. Podrían arrancarse los ojos y aún así habría un labrador dispuesto a guiarlos.
 
Si de verdad quieres a tu hijo, adopta un perro y no lo compres. No colabores con el negocio de unos pocos mientras las perreras y refugios se llenan de víctimas de las buenas intenciones de los niños cuando escriben la carta a los Reyes Magos. Yo lo cuidaré, yo lo lavaré, lo sacaré a pasear y recogeré sus cacas, porque al final, el perro será nuestro, para lo bueno y para lo malo.
 
Que no se llenen las tiendas de animales de perros, como el Corte Inglés de árboles de Navidad y preguntémonos alguna vez sobre lo irracional de la frase “tienda de animales” en este mundo que llamamos civilizado pero nada sensible a un problema creado por nosotros.
El respeto a uno mismo comienza en el respeto a nuestro entorno natural, estableciendo leyes y mecanismos sobre la cría de animales, sobre cuántas veces una perrita puede parir para que su dueño crea que la ha amortizado lo suficiente, o sobre la edad con la cual un animal no es conveniente que tenga un parto, o sobre cada cuánto tiempo debe pasar entre parto y parto de ese animal que se convierte en una herramienta, en una fuerza de trabajo, como los galgos para los de la horca y la cuneta.
 
Si lo que quieren es un juguete que acariciar hasta que sus pilas se agoten, compren un Furby, de esa forma es posible que sus hijos acaben acariciando el ratón del ordenador como el que rasca por detrás las orejillas de un perro.
El cariño y la ternura, el respeto y la lealtad no los enseña un  tamagochi con orejas, somos nosotros, las plantas y los animales los que, a esto que llamamos vida damos sentido.
 
 
Humildemente, semana a semana les hablo de aquello que creo importante, de grandes personas, y también de grandes injusticias, y créanme, este asunto es muy importante, como los regalos de los más pequeños.
 Que algún día  un niño se levanté por la mañana y convencido diga: -“Papá quiero adoptar un perrito de un refugio”,será una señal de que estamos educando en valores, el resto es palabrería, votos, dinero e impuestos, carbón.
Y este habrá sido a su vez el mejor regalo de Navidad que pueda usted recibir de su hijo.
 
Porque con el gesto de un regalo, Papá Noel o los Reyes Magos, le habrán enseñado a tu hijo, o a tu hija, que para un perro, a veces en Navidad, el mejor regalo es un niño.
 
 
                                                                   Santos Garrido López
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